La Reina Abofeteó A La “Mendiga”. Segundos Después, El Rey Vio Su Cuello Y Ordenó Arrestar A Su Propia Esposa. – soclon

Capítulo 1: El Eco del Desprecio

El Salón de los Espejos estaba bañado en oro y vanidad. La corte celebraba el vigésimo aniversario del reinado de la Reina Victoria. Los aristócratas bebían vino en copas de cristal, ignorando el hambre que consumía al reino más allá de las murallas. Todo era un teatro de perfección, hasta que las puertas de roble macizo se abrieron con un crujido sordo.

Una joven cruzó el umbral. Iba descalza. Llevaba una túnica de lino marrón, manchada de barro y grasa, con los bordes deshilachados. Sus pies, curtidos por las piedras del camino, dejaban tenues marcas de polvo sobre el inmaculado mármol del palacio. No caminaba como una mendiga buscando sobras; su espalda estaba recta, sus ojos fijos en el final del salón. Tenía el porte de alguien que marcha hacia el cadalso sin miedo.

El murmullo de la corte murió en un instante. La música de los violines se detuvo. La Reina Victoria, envuelta en un vestido de seda plateada y perlas, se giró. Su rostro, una máscara de bótox y arrogancia, se contorsionó en una mueca de absoluto disgusto.

Victoria caminó hacia la intrusa. Su vestido crujía como el siseo de una serpiente. Levantó la mano derecha y, con toda la fuerza de su desprecio, abofeteó a la joven.

El sonido del golpe fue como un latigazo en la quietud de la sala.

—¡Una simple plebeya osa caminar por aquí! —siseó Victoria, frotándose la mano como si la piel de la joven la hubiera infectado—. ¿Quién se cree que es? ¡Saquen a esta basura de mi vista!

La joven no cayó. Su rostro se giró por el impacto, pero rápidamente volvió a mirar a los ojos de la Reina. No había lágrimas. No había súplicas. Solo un silencio frío, profundo y absoluto. Un estoicismo que hizo que los nobles más cercanos dieran un paso atrás.

Dos miembros de la Guardia Real, vestidos con uniformes negros y dorados, avanzaron de inmediato. Agarraron a la chica por los brazos con una brutalidad calculada, listos para arrastrarla a los calabozos. Fue entonces cuando el destino giró la moneda.

Al tirar de ella, el cabello enmarañado de la joven se desplazó, despejando la piel pálida de su cuello.

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