Capítulo 2: La Marca del Juicio
En la penumbra del fondo del salón, sentado en su trono de oro macizo, estaba el Rey Alaric. Era un hombre anciano, cansado, que había permitido que su segunda esposa gobernara en la sombra debido a su enfermedad. Observaba la escena con la mirada apagada de un gobernante derrotado.
Pero cuando los guardias levantaron a la joven, un destello rojo bajo la luz de los candelabros captó la atención del monarca.
En la base del cuello de la chica, perfectamente delimitado sobre la piel sucia, había un tatuaje de nacimiento. Un sol con rayos ondulantes de un rojo intenso. El Sol de Sangre.
Los ojos del Rey se abrieron de par en par. La fatiga desapareció de su rostro, reemplazada por una descarga de adrenalina que no había sentido en dos décadas. Ese símbolo no era una coincidencia. No era un adorno. Era la marca genética de los Primeros Reyes, un rasgo que solo se transmitía a la línea de sangre pura. Un rasgo que su primera esposa, asesinada en un supuesto “accidente” hace veinte años, llevaba con orgullo. La hija que él creía muerta en el mismo accidente estaba de pie frente a él.
Alaric se agarró a los reposabrazos del trono. Sus nudillos se pusieron blancos. Con un esfuerzo sobrehumano, se puso en pie.
—¡Deténganse! —rugió el monarca.
La voz, profunda y atronadora, sacudió el cristal de las lámparas. No era la voz de un anciano enfermo; era el rugido de un león despertando. Los guardias se congelaron en el acto. La corte entera contuvo la respiración.
El Rey comenzó a descender las amplias escaleras de mármol. Su pesada capa roja forrada de piel de armiño se arrastraba tras él. Cada paso suyo resonaba como un golpe de mazo en la sala.
Victoria lo miró, confundida.
—Alaric, querido, vuelve a tu asiento —dijo la Reina, intentando mantener su tono dulce y controlador—. Es solo una loca de las calles. Los guardias se encargarán…
—¡Silencio! —la interrumpió el Rey, pasando por su lado sin siquiera mirarla.
Se detuvo frente a la joven. Los guardias, aterrorizados por el aura asesina del monarca, soltaron a la chica y retrocedieron. Alaric levantó una mano temblorosa y apartó suavemente el cabello restante del cuello de la joven. Trazó el contorno del Sol de Sangre con el dedo índice.
La joven lo miró a los ojos. Tampoco lloró frente a él. Solo asintió lentamente.
—Esa joven no es quien piensan —anunció el Rey, dándose la vuelta para enfrentar a los cientos de aristócratas en la sala. Su voz no admitía dudas—. Nadie puede ignorar su sangre real.
Capítulo 3: La Caída del Imperio de Plata
El salón se hundió en el pánico mudo. La Reina Victoria palideció. Sus labios temblaban, incapaces de articular una palabra. El suelo que pisaba acababa de convertirse en arena movediza.
—Es imposible… —balbuceó Victoria, perdiendo su compostura de reina—. Esa marca es falsa. La ha pintado para engañarte. ¡Tú hija murió en el barranco hace veinte años!
Alaric se giró hacia su esposa. La mirada que le dirigió estaba desprovista de cualquier afecto. Era la mirada de un juez dictando una sentencia de muerte.
—Nunca encontraron su cuerpo, Victoria. Siempre me dijiste que el río se la había llevado —dijo el Rey, bajando el tono de voz para que cada palabra cortara como un bisturí de hielo—. Sobornaste a los guardias. Pagaste a los asesinos. Creíste que habías exterminado la línea de sangre legítima para poner la corona sobre tu propia cabeza.
—¡Son mentiras! —gritó Victoria, retrocediendo tropezando con su pesado vestido de seda—. ¡Soy tu Reina! ¡Soy quien ha mantenido este reino a flote!
El Rey no discutió. Las palabras eran inútiles ante la verdad física. Se desabrochó el broche de oro de su pesada capa de armiño y la dejó caer sobre los hombros cubiertos de harapos de la joven. La chica de lino marrón ahora estaba envuelta en el símbolo máximo del poder real.
—Ya no eres mi Reina —sentenció Alaric, mirando a los ojos aterrados de Victoria—. Eres una traidora.
El Rey levantó la vista hacia el capitán de los guardias, el mismo hombre que segundos antes sostenía a la chica.
—Arresten a Victoria por alta traición, asesinato y usurpación del trono. Quítenle las joyas. Arránquenle esa corona falsa. Su destino se decidirá en los calabozos oscuros.
Los guardias avanzaron. Esta vez, sus manos no agarraron lino sucio, sino seda de plata. Victoria gritó, pataleó y maldijo, perdiendo todo vestigio de la elegancia que tanto presumía. Las perlas de su collar se rompieron, esparciéndose por el suelo de mármol como lágrimas de cristal. Fue arrastrada fuera del salón frente a la misma corte que minutos antes le besaba la mano.
Nadie intervino. Los nobles bajaron la mirada en sumisión.
El Rey se volvió hacia su hija. La joven se ajustó la pesada capa roja sobre los hombros, manteniendo la cabeza en alto. No sonrió. La venganza verdadera no necesita celebración; necesita ejecución.
La justicia había llegado al palacio. Tarde, sucia y descalza. Pero cuando la verdad toma el trono, las mentiras siempre terminan encadenadas en la oscuridad.