El pasillo del hotel más lujoso de Miami parecía un museo. El suelo de mármol pulido, donde se reflejaban las pesadas lámparas de araña del techo, solo devolvía el eco de los pasos seguros de un hombre en medio del silencio. Alejandro Vargas, el multimillonario de cincuenta años con una mirada cargada de poder absoluto y desprecio por el mundo, caminaba con su costoso esmoquin mientras discutía un negocio crucial por teléfono.

El silencio se rompió de repente. Una pequeña figura con un chaleco de camarero apareció por la esquina. Era un niño de diez años, en cuya mirada no había miedo, sino una determinación fría. Corrió y golpeó con todas sus fuerzas las piernas de Vargas. El hombre, sin tiempo siquiera para comprender lo sucedido, cayó pesadamente sobre el mármol. Su costoso teléfono salió volando y se hizo añicos.
— ¡¿Por qué me atacaste, maldito niño?! — rugió Vargas con el rostro enrojecido por la rabia, agarrando al niño por el cuello y apretándolo contra el suelo.
El niño no se resistió. Miró directamente a los ojos del multimillonario. Su mirada era tan antigua y pesada que las manos de Vargas se debilitaron involuntariamente. El niño levantó lentamente el dedo y señaló hacia arriba.
— Solo quiero salvar su vida… — susurró con una voz gélida.
En ese instante se escuchó un crujido metálico agudo. Vargas levantó la vista y vio cómo la enorme lámpara de cristal se desprendía del techo.
Al segundo siguiente, el mundo explotó. Miles de fragmentos de cristal se esparcieron justo donde el multimillonario estaba de pie hace unos segundos. El sonido fue sordo y terrible. El polvo y los restos de vidrio llenaron el aire. Vargas yacía en el suelo, asfixiado por el miedo, mientras un hilo de sangre corría por su rostro debido a un pequeño rasguño.
Cuando el zumbido en los oídos disminuyó un poco, Vargas notó un detalle espeluznante. La lámpara no se había caído por desgaste. Los cables metálicos que colgaban arriba estaban cortados de forma lisa y limpia, como si se hubiera usado una herramienta profesional.
El niño se acercó al aterrorizado multimillonario, se inclinó hacia su oído y susurró la última frase, que congeló la sangre de Vargas más que el encuentro con la muerte:
— El próximo no será un accidente.
Antes de que Vargas pudiera recuperar el sentido, el niño desapareció en las sombras del pasillo, dejando al multimillonario solo con su riqueza destrozada y un terror mortal.