PARTE 2
El monitor continuó emitiendo aquel sonido insoportable durante varios segundos.
Piiiiiiiiiiii…
Carlos Mendieta observaba inmóvil mientras Miguel acercaba el dedo cubierto con aquel extraño líquido verde a los labios del pequeño Diego. El millonario sabía que aquello era una locura. Sin embargo, después de tres semanas de fracaso médico y dos minutos de muerte clínica, la lógica había dejado de existir.
—Por favor… hijo… vuelve conmigo… —susurró Carlos.
Miguel cerró los ojos.
—Abuelita… ayúdalo…
El niño colocó una gota sobre la lengua del bebé.
Nada ocurrió.
Un segundo.
Dos segundos.
Cinco segundos.
Carlos sintió que la última chispa de esperanza moría dentro de él.
Entonces ocurrió algo imposible.
El monitor emitió un sonido brusco.
¡BIP!
Carlos levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué fue eso?
Miguel no respondió.
Otro sonido.
¡BIP!
La línea recta tembló.
Y después…
¡BIP! ¡BIP! ¡BIP!
El corazón de Diego acababa de latir.
Carlos cayó de rodillas.
—¡No puede ser!
Las puertas de la suite se abrieron violentamente.
Los médicos regresaron corriendo.
El doctor Villalobos se quedó paralizado al ver actividad cardíaca en la pantalla.
—Eso… eso es imposible…
Las enfermeras comenzaron a llorar.
Diego respiró una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Como si hubiera regresado desde un lugar muy lejano.
Pero Miguel no celebró.
Seguía mirando las enormes orquídeas negras colocadas junto a la ventana.
Su rostro se volvió pálido.
—Todavía está aquí…
—¿Quién? —preguntó Carlos.
—La muerte.
Todos guardaron silencio.
Miguel señaló las flores.
—Sáquenlas.
Villalobos perdió la paciencia.
—¡Basta de tonterías!
Sin embargo, Carlos ya no estaba dispuesto a ignorar nada.
—Arranquen esas flores de inmediato.
Dos guardias retiraron el arreglo.
En el momento en que las flores abandonaron la habitación, la saturación de oxígeno del bebé subió repentinamente.
Las enfermeras se miraron aterradas.
—Doctor… los niveles están mejorando…
Villalobos comenzó a sudar.
Aquello no tenía explicación.
Pero Miguel sí tenía una.
—Mi abuela me enseñó algo. Algunas plantas pueden esconder venenos que nadie busca porque parecen inofensivas.
Carlos sintió un escalofrío.
Miró la tarjeta del arreglo floral.
Para mi querido sobrino Diego. Con amor.
Ricardo.
Su hermano menor.
El hombre en quien más confiaba.
Horas después, mientras Diego permanecía estable en cuidados intensivos, Carlos ordenó una investigación privada.
Lo que descubrieron durante la madrugada hizo temblar su imperio.
Los análisis revelaron rastros microscópicos de una toxina extremadamente rara impregnada en las orquídeas.
Una sustancia capaz de deteriorar lentamente el sistema respiratorio de un bebé sin dejar señales evidentes.
Los médicos jamás la habían buscado.
Jamás imaginaron que el peligro estuviera decorando la habitación.
Carlos sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Pero la peor noticia aún no había llegado.
A las tres de la mañana, el jefe de seguridad irrumpió en su oficina improvisada dentro del hospital.
Traía una carpeta roja.
—Señor… encontramos quién compró las flores.
Carlos abrió el documento.
Sus manos comenzaron a temblar.
No aparecía el nombre de Ricardo.
Aparecía otro.
El nombre de su propia madre.
Doña Elena Mendieta.
La mujer que había construido la fortuna familiar junto a su difunto esposo.
La mujer que había sostenido a Diego en brazos apenas una semana antes.
Carlos sintió que le faltaba el aire.
—No…
—Hay más, señor.
El jefe de seguridad tragó saliva.
—Las cámaras muestran que ella visitó la suite tres veces durante la noche sin registrarse oficialmente.
Carlos quedó paralizado.
Toda su vida creyó que los enemigos estaban fuera.
Competidores.
Políticos.
Banqueros.
Traidores.
Nunca imaginó que la amenaza estuviera dentro de su propia sangre.
Mientras tanto, en una humilde casa de Chalco, Doña Rosa observaba una vieja fotografía iluminada por una vela.
En ella aparecía una joven Elena Mendieta.
Y junto a ella…
un hombre desconocido.
Doña Rosa murmuró con voz temblorosa:
—Después de treinta años… por fin regresó a terminar lo que empezó.
En ese instante sonó el teléfono.
Era Carlos.
Y las primeras palabras de Doña Rosa hicieron que el magnate sintiera auténtico terror.
—Escúchame bien, hijo…
Tu bebé no era el verdadero objetivo.
Y si no descubres la verdad antes del amanecer…
el próximo muerto serás tú.
PARTE 3 👇