PARTE 2: JUSTICIA EN EL PENTHOUSE. El día que las máscaras de la alta sociedad cayeron al suelo-roro

Las risas burlonas de las tres mujeres se congelaron en el aire, transformándose en un silencio sepulcral. En la entrada del lujoso penthouse de dos pisos, Sebastián permanecía inmóvil. Su maletín de cuero fino había caído al suelo. Sus ojos, usualmente tranquilos y analíticos, fijos en la escena que acababa de presenciar: su esposa Emily, con ocho meses de un embarazo delicado, arrodillada en el suelo intentando recoger los fragmentos de una taza de porcelana que Rebecca, la supuesta “líder” del grupo de amigas, había tirado “accidentalmente”.

—¡Basta! ¡Fuera de mi casa! —el rugido de Sebastián hizo eco en las paredes de cristal del penthouse, haciendo que las tres mujeres dieran un salto del susto.

Rebecca, recuperando rápidamente su postura de superioridad y acomodándose su costoso bolso de marca, soltó una risita nerviosa.

—Ay, Sebastián, por favor, no seas tan dramático —dijo Rebecca, cruzándose de brazos con desprecio—. Solo estábamos enseñándole a tu esposita cómo atender a los invitados. Al fin y al cabo, deberías agradecernos. Ella viene de un barrio humilde, no sabe cómo comportarse en la alta sociedad. Alguien tenía que educarla.

Sebastián no respondió. Caminó a pasos lentos pero firmes hacia Emily. Ignorando por completo a las intrusas, se arrodilló con cuidado frente a su esposa. Le tomó las manos, que temblaban notablemente, y vio que un pequeño trozo de porcelana le había cortado el dedo.

—¿Estás bien, mi amor? ¿El bebé está bien? —preguntó Sebastián, y su voz, antes de hierro, se volvió pura ternura y preocupación.

—Sí… solo… quería que se fueran, Sebastián. No quise causar problemas —susurró Emily, limpiándose una lágrima con el dorso de la mano—. Dijeron que si no las atendía bien, harían que tu padre te quitara la vicepresidencia de la constructora…

Al escuchar eso, algo se rompió definitivamente dentro de Sebastián. Se puso de pie lentamente, dándose la vuelta hacia Rebecca y sus dos acompañantes. La calma en su rostro era ahora la de un hombre que ya no tiene nada que perder.

—¿Que mi padre me quitaría la vicepresidencia? —Sebastián soltó una carcajada fría que heló la sangre de las tres mujeres—. Rebecca, parece que tu padre no te ha contado cómo funcionan los negocios de la familia. La constructora no es de mi padre. El 60% de las acciones de esa empresa pertenecen a Emily, un regalo de bodas directo de mi abuelo, quien sí sabía reconocer a una mujer de verdad. Tu padre, Rebecca, trabaja para nosotros.

El rostro de Rebecca se volvió pálido como el papel. Las otras dos mujeres dieron un paso atrás, asustadas, dándose cuenta de que habían pisoteado a la verdadera dueña del imperio.

—Sebastián, yo… yo no sabía eso, estábamos bromeando… —tartamudeó Rebecca, perdiendo toda su soberbia.

—La broma se terminó —sentenció Sebastián. Sacó su teléfono y presionó el botón de marcación rápida—. Seguridad, suban al penthouse ahora mismo con tres bolsas de basura grandes.

En menos de dos minutos, tres guardias armados entraron al departamento.

—Señor Sebastián, ¿cuáles son sus órdenes? —preguntó el jefe de seguridad.

—Estas tres mujeres están invadiendo mi propiedad privada —dijo Sebastián con voz fuerte y clara—. Saquen sus abrigos y pertenencias, échenlos en las bolsas de basura y escoltelas hasta la calle. Si oponen resistencia, usen la fuerza y llamen a la policía. Además, revoquen sus pases de acceso a todo el edificio y al club privado de la firma.

—¡No puedes hacernos esto, Sebastián! ¡Nuestras familias se conocen desde hace años! ¡Esto es una humillación pública! —gritó una de las amigas de Rebecca mientras un guardia la tomaba firmemente del brazo para guiarla hacia la salida.

—La humillación es lo mínimo que se merecen por tocar a una mujer embarazada en su propio hogar —respondió Sebastián sin parpadear—. Y esto es solo el principio. Rebecca, dile a tu padre que mañana a primera hora su contrato de consultoría con nuestra constructora queda cancelado por violar las cláusulas de ética familiar. Tu arrogancia acaba de dejar a tu familia en la quiebra.

Rebecca miró a Sebastián con ojos llenos de pánico y furia, pero antes de que pudiera decir una palabra más, los guardias la empujaron firmemente hacia el ascensor. Las puertas de acero se cerraron, llevándose los gritos de las tres mujeres y devolviendo la paz al penthouse.

Sebastián respiró hondo, se quitó el saco y corrió a abrazar a Emily. La levantó con un cuidado infinito y la llevó al sofá principal, cubriéndola con una manta cálida.

—Te prometo que nunca más nadie volverá a faltarte al respeto en esta casa, mi vida —le susurró al oído, besando su frente—. Este es tu hogar, y yo soy tu escudo.

Emily sonrió, sintiendo por primera vez en meses que el peso de la angustia desaparecía. El dinero de la alta sociedad podía comprar diamantes y lujos, pero jamás podría competir con el poder de un esposo dispuesto a destruir un imperio entero para proteger el honor de su familia. La gota que derramó el vaso había caído, y el nuevo comienzo de su familia apenas empezaba.

 

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