
La lluvia caía sin descanso sobre el cementerio. Las gotas golpeaban los paraguas negros, las lápidas húmedas y el brillante ataúd blanco cubierto de lirios que descansaba frente a una multitud vestida de luto. Nadie hablaba. Nadie se movía. El dolor parecía haberse apoderado del aire mismo. Al frente de todos estaba Richard Hale, uno de los hombres más poderosos del país. Pero aquel día no parecía un magnate. Parecía simplemente un padre roto. Sus ojos estaban hundidos por noches sin dormir.
Sus manos temblaban mientras observaba el féretro de su única hija, Sophia. Tenía apenas diecisiete años cuando murió de forma repentina. Al menos eso era lo que todos creían. El sacerdote comenzó a pronunciar las últimas palabras antes del entierro. Los trabajadores se preparaban para bajar lentamente el ataúd a la tumba. Entonces ocurrió algo que nadie esperaba. —¡NO LA ENTIERREN! El grito atravesó el silencio como un trueno. Todas las cabezas giraron al mismo tiempo.
Un niño cubierto de barro apareció corriendo entre las lápidas. Parecía tener unos diez años. Su ropa estaba mojada. Sus zapatos casi destruidos. Respiraba con dificultad como si hubiera corrido durante kilómetros bajo la tormenta. Los guardias reaccionaron de inmediato y se lanzaron hacia él. Pero el niño siguió avanzando. —¡No está muerta! —gritó desesperadamente—. ¡Ella abrió los ojos! Un murmullo recorrió todo el cementerio. Algunas personas intercambiaron miradas nerviosas. Otras pensaron que se trataba de una broma cruel. Richard sintió cómo la ira explotaba dentro de él. Bajó los escalones de piedra y agarró al pequeño por la chaqueta.
—¿Tienes idea de dónde estás? —rugió—. ¿Sabes de quién es este funeral? Pero el niño no parecía asustado. Temblaba por el frío. Temblaba por el miedo. Sin embargo, no apartó la mirada. —Ella me pidió que viniera. Richard sintió un escalofrío. —¿Qué dijiste? —La vi ayer. Me habló. Me dijo que debía encontrarte antes de que descubrieran que todavía seguía viva.
El cementerio quedó completamente inmóvil. Incluso la lluvia pareció desaparecer durante un instante. Richard apretó los dientes. Aquello era imposible. Sophia llevaba tres días oficialmente muerta. Había sido examinada por médicos. Había sido identificada. Había sido preparada para el entierro. Nada de lo que aquel niño decía tenía sentido. —Estás mintiendo. El niño negó rápidamente con la cabeza.
Las lágrimas comenzaron a mezclarse con la lluvia sobre su rostro. —No estoy mintiendo. Ella me enseñó algo para que supieras que decía la verdad. Richard sintió que el corazón comenzaba a latir con más fuerza. —¿Qué cosa? El niño tragó saliva. Luego susurró: —La cicatriz que tiene escondida en la muñeca izquierda. Richard soltó al pequeño como si acabara de tocar fuego. El color desapareció de su rostro. Aquella cicatriz existía. Sophia se la había hecho cuando tenía ocho años al caer sobre una verja de hierro. La marca siempre permaneció oculta bajo las pulseras que solía usar. Muy pocas personas conocían ese detalle.
Muy pocas. Richard dio un paso atrás. —¿Quién te dijo eso? El niño bajó lentamente la mirada. —Un hombre. Richard sintió un nudo en el estómago. —¿Qué hombre? El pequeño levantó un dedo tembloroso y señaló directamente hacia la multitud. Todos siguieron la dirección de su mano. Una elegante mujer vestida completamente de negro palideció al instante. Sus labios comenzaron a temblar. Su copa de cristal cayó al suelo y se hizo añicos. Richard la reconoció de inmediato. Era Victoria. La madrastra de Sophia.
La mujer con la que se había casado dos años después de enviudar. La mujer que había insistido en acelerar el funeral. La mujer que había organizado cada detalle de aquella ceremonia. Victoria dio un paso atrás. Luego otro. —Esto es ridículo —murmuró. Pero el niño volvió a señalarla. —Ella estaba allí. El miedo apareció en los ojos de la mujer.
Y por primera vez desde que comenzó el funeral, Richard dejó de mirar el ataúd con dolor. Empezó a mirarlo con terror. Porque si el niño decía la verdad… si Sophia realmente había abierto los ojos… si alguien había intentado enterrarla viva… entonces aquello no era un funeral. Era la escena de un crimen. Y la verdad que estaba a punto de salir a la luz podía destruir a todos los que se encontraban allí. Justo en ese instante, un golpe seco resonó desde el interior del ataúd. Uno. Luego otro.
Y después un tercero. Toda la multitud dejó de respirar. Richard giró lentamente la cabeza hacia el féretro blanco. Y sintió cómo el mundo entero se derrumbaba bajo sus pies. Porque el sonido… había venido desde dentro.