
El amanecer apenas iluminaba los vitrales del viejo palacio cuando una criada llamó con suavidad a la puerta.
—Su Excelencia la espera para el desayuno.
Aquellas palabras la hicieron estremecer.
“Su Excelencia.”
Hasta hacía unas horas creía haber pedido matrimonio a un desconocido para salvar su libertad. Ahora sabía que aquel hombre era el temido duque del que hablaban en toda Nueva España. Decían que jamás sonreía, que ningún enemigo escapaba de su justicia y que nadie se atrevía a desafiar su palabra.
Mientras descendía la gran escalinata de mármol, Catalina sentía que cada paso la alejaba de la muchacha ingenua que había sido.
El duque ya estaba sentado.
No levantó la voz.
No hizo preguntas.
Simplemente empujó hacia ella una carpeta de cuero.
—Es tuya.
Catalina la abrió.
Dentro estaban todos los pagarés que habían arruinado a su familia.
Reconoció la firma de su padre.
Reconoció el sello del banco.
Y entonces lo vio.
Todos los documentos tenían una marca roja.
PAGADO.
Catalina levantó la vista, incapaz de hablar.
—¿Qué significa esto?
—Que nadie volverá a reclamarle una sola moneda a tu madre.
Ella sintió que el aire desaparecía.
—¿Los compró usted?
El duque bebió un sorbo de café antes de responder.
—Anoche.
—¿Por qué?
Él tardó unos segundos.
—Porque desde el instante en que acepté casarme contigo… tus problemas dejaron de ser solo tuyos.
Catalina sintió un nudo en la garganta.
Nadie, ni siquiera el hombre que juró amarla, había hecho jamás algo semejante por ella.
Pero el duque continuó.
—No confundas esto con amor.
Es solo mi deber proteger a mi esposa.
Aquellas palabras dolieron más de lo que Catalina esperaba.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien la protegía… sin pedir nada a cambio.
En ese mismo instante, un mayordomo irrumpió en el comedor.
—Excelencia… hay un hombre insistiendo en la entrada.
Dice llamarse Jacinto Salvatierra.
Catalina palideció.
—¿Qué quiere?
El mayordomo tragó saliva.
—Exige hablar con la señora. Afirma que ella le pertenece y amenaza con contar que este matrimonio fue una farsa.
El salón quedó en silencio.
Catalina sintió que el miedo regresaba.
Pero el duque se levantó con una calma inquietante.
Se acomodó los guantes negros y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, dijo una sola frase:
—Nadie vuelve a amenazar a mi esposa… dos veces.
Y, por primera vez desde la muerte de su padre, Catalina comprendió lo que significaba sentirse verdaderamente a salvo.
Pero ninguno de los dos imaginaba que Jacinto no había venido solo… y que detrás de él se escondía el hombre que llevaba años intentando destruir al duque.
Continuará…