PARTE 2:
Sus tacones golpearon el pavimento como disparos.
Salió corriendo de la cafetería, con la respiración entrecortada en el pecho.
—¡LEO! —gritó.
El niño rico se giró, confundido.
—Mamá… yo solo estaba ayudándolo.
Pero ella ya no lo estaba mirando.
Sus ojos estaban clavados en el niño hambriento.
El niño que ahora se estaba poniendo de pie lentamente.
Y entonces lo vio.
Una pequeña cicatriz junto a la ceja.
Una cadena de plata alrededor del cuello.
Su cuerpo se paralizó por completo.
El mundo a su alrededor se volvió borroso.
—Esa cadena… —susurró—. Se suponía que estaba perdida…
El niño hambriento la miró.
Lentamente.
Como si reconocerla fuera algo doloroso.
Sus labios temblaron.
Y entonces…
Con una voz tan pequeña que casi rompió el aire:
—¿Mamá?
Silencio.
Incluso el viento se detuvo.
Leo miró de uno a otro, confundido, dando un paso atrás.
—Mamá… ¿por qué estás llorando?
Ella no respondió.
No podía.
Sus rodillas cedieron ligeramente mientras extendía la mano hacia el rostro del niño, pero se detuvo, temblando demasiado para tocarlo.
Entonces…
Un SUV negro frenó bruscamente junto a ellos.
La puerta se abrió de golpe.
Un hombre salió apresuradamente, respirando con dificultad, con los ojos abiertos por el miedo.
Vio al niño.
Y todo dentro de él se derrumbó.
Susurró:
—Lo encontró…
El niño hambriento dio un paso atrás.
La madre extendió la mano hacia él.
Y en ese segundo congelado…
nadie sabía quién estaba a punto de perderlo otra vez.