
La recepción de la boda era exactamente como todos la habían imaginado.
Un enorme salón iluminado por candelabros de cristal, mesas decoradas con flores blancas, copas de champán brillando bajo la luz y cientos de invitados sonriendo para las fotografías.
Todo parecía perfecto.
Al menos desde afuera.
Porque detrás de aquella imagen de felicidad, había una mujer que apenas podía mantenerse en pie.
Emma llevaba solo unos minutos convertida en esposa.
Su vestido blanco, impecable al comenzar la ceremonia, ahora estaba ligeramente arrugado. Su maquillaje se había mezclado con las lágrimas que corrían sin descanso por sus mejillas.
Intentaba esconder el lado derecho de su rostro.
Nadie entendía por qué.
Los invitados pensaban que lloraba de emoción.
Solo ella conocía la verdad.
Apenas unos minutos antes, en un pasillo lejos de las cámaras, su nuevo esposo había perdido completamente el control.
Todo comenzó por una conversación insignificante.
Emma había dicho que quería visitar la tumba de su madre al día siguiente.
Su esposo respondió que ahora ella debía obedecer únicamente a él.
Cuando Emma intentó marcharse, él la sujetó con fuerza del brazo.
Discutieron.
Y, sin previo aviso…
él levantó la mano.
El golpe fue tan fuerte que Emma perdió el equilibrio contra la pared de mármol.
Sintió un dolor agudo recorrer su rostro.
No dijo nada.
Solo lloró.
Cuando él salió del pasillo como si nada hubiera ocurrido, ella permaneció allí durante varios segundos intentando recuperar el aire.
Después tomó una decisión.
Corrió.
No hacia la salida.
Sino hacia el único hombre que sabía que jamás permitiría que alguien le hiciera daño.
Su padre.
Entre la multitud, Emma lo vio conversando tranquilamente con unos invitados.
Corrió directamente hacia él.
Y lo abrazó con todas sus fuerzas.
El hombre quedó completamente inmóvil durante un instante.
Después rodeó a su hija con los brazos.
Sintió cómo todo su cuerpo temblaba.
Los invitados comenzaron a mirarlos.
Algunos sonrieron con burla.