La sirvienta abrió una caja de joyas… y la mujer rica descubrió a su hija perdida
La mansión Montenegro estaba llena de silencio caro.
En los pasillos brillaban lámparas de cristal, cuadros antiguos y espejos enormes donde nadie parecía mirarse de verdad. Aquella tarde, doña Victoria Montenegro había ordenado limpiar el cuarto de su difunta madre, una habitación cerrada durante más de veinte años.
Nadie quería entrar allí.
Decían que doña Victoria no soportaba ese cuarto porque le recordaba a su hija perdida, Camila, una bebé que desapareció una noche durante una fiesta familiar. La policía nunca encontró nada. Solo una manta rosa tirada cerca del jardín y una casa llena de sospechas.


