Camila avanzó hasta el centro de la sala mientras todos la observaban en absoluto silencio. Su pequeño pecho subía y bajaba con rapidez, pero sus ojos mostraban una determinación impropia de una niña de once años.
—¡No pueden encarcelarla! —gritó señalando a Margarita—. ¡Ella nunca robó ese collar!
—Camila, basta ahora mismo —ordenó Valentina con voz temblorosa—. No sabes lo que estás diciendo.
Pero la niña ignoró a su madre. Con manos nerviosas levantó el teléfono.
—Sí sé lo que digo. Porque fui yo quien grabó esto.
Un murmullo recorrió la sala. El juez frunció el ceño.
—¿Qué contiene ese video?
Camila tragó saliva.
—La verdad.
La pantalla del teléfono fue conectada al sistema del juzgado. Segundos después, una grabación apareció en el monitor principal.
Era el dormitorio de Valentina Maldonado.
La fecha coincidía exactamente con la noche anterior al supuesto robo.
En el video se veía claramente a Valentina entrando a la habitación de servicio donde vivía Margarita. Miraba a ambos lados para asegurarse de que nadie la observaba. Luego sacaba una pequeña caja de terciopelo negro de su bolso.
El collar de diamantes.
Toda la sala contuvo el aliento.
Valentina colocó la joya debajo de unas cobijas y abandonó la habitación apresuradamente.
—¡Eso es mentira! —gritó la millonaria poniéndose de pie—. ¡Es un montaje!
Pero el color había desaparecido de su rostro.
El juez observó la grabación una segunda vez. Luego una tercera.
Cada segundo hundía más a la acusadora.
—¿Cómo obtuviste este video? —preguntó.
Camila comenzó a llorar.
—Porque llevo meses grabando cosas que pasan en mi casa.
La niña bajó la mirada.
—Tenía miedo.
La sala quedó inmóvil.
—¿Miedo de quién? —preguntó el joven abogado de Margarita.
Camila levantó lentamente la cabeza y señaló directamente a su madre.
—De ella.
El silencio fue tan profundo que se podía escuchar el zumbido de las luces del techo.
Valentina retrocedió un paso.
—Camila…
—¡No! —la interrumpió la niña—. Ya no voy a mentir más.
Las lágrimas corrían por sus mejillas.
—Margarita me cuidó desde que era bebé. Ella me protegía cuando mamá se enojaba. Ella me abrazaba cuando yo lloraba. Nunca me hizo daño.
Margarita rompió en llanto.
Entonces Camila pronunció unas palabras que paralizaron a todo el país.
—Y el collar no era el único secreto.
La niña abrió una carpeta en su teléfono.
Había decenas de videos.
Decenas.
Videos de empleados siendo amenazados.
Videos de documentos falsificados.
Videos de transferencias bancarias sospechosas.
Y un último video que hizo que incluso el juez se quedara helado.
En la grabación aparecía Valentina reunida en privado con una persona inesperada.
El propio juez Aurelio Fuentes.
Los dos conversaban en un restaurante semanas antes del juicio.
Luego se veía un sobre grueso cambiar de manos.
Dinero.
Mucho dinero.
El rostro del juez perdió todo color.
La sala explotó en gritos.
Periodistas, abogados y asistentes comenzaron a hablar al mismo tiempo.
—¡Orden! ¡Orden en la sala! —intentó gritar el juez.
Pero ya era demasiado tarde.
La verdad acababa de salir a la luz.
Y el escándalo apenas estaba comenzando…
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