La lluvia caía con fuerza sobre la ciudad.
Las calles estaban casi vacías, los autos pasaban levantando agua sucia y las luces de neón se reflejaban en el pavimento mojado como manchas de colores rotos. Nadie caminaba despacio aquella noche. Todos corrían bajo paraguas, escondidos dentro de abrigos, buscando un lugar seco.
Pero una niña no tenía a dónde ir.
Estaba de pie frente a un pequeño carrito de comida, temblando bajo la lluvia. Tenía unos seis años, el cabello marrón pegado al rostro, las mejillas sucias y una chaqueta verde demasiado grande para su cuerpo. Debajo llevaba un vestido beige empapado.
No lloraba fuerte.
Solo miraba el pan caliente detrás del cristal.
Dentro del carrito estaba doña Carmen, una vendedora de sesenta y cinco años. Tenía un pañuelo beige en la cabeza, manos cansadas y ojos tristes, pero amables. Vendía pan caliente y empanadas desde hacía más de veinte años en la misma esquina.
Aquella noche, al ver a la niña, dejó de contar monedas.
—Toma, pequeña… estás temblando.
Le ofreció un pan envuelto en papel.
La niña dudó.
—No tengo dinero —susurró.
—No te pregunté si tenías dinero.
La niña tomó el pan con manos heladas. Lo sostuvo como si fuera un tesoro y comenzó a comer despacio, aunque el hambre la obligaba a morder rápido. La lluvia caía sobre su cabello, mezclándose con las lágrimas que intentaba ocultar.
Doña Carmen salió un poco del carrito y le ofreció una botella de agua.
—¿Cómo te llamas?
La niña tragó con dificultad.
—Sofía.
—¿Y dónde está tu mamá, Sofía?
La niña bajó la mirada.
Durante unos segundos solo se escuchó la lluvia golpeando el techo metálico del carrito.
—No tengo a dónde ir —murmuró.
Carmen sintió un dolor antiguo en el pecho. Conocía esa soledad. La había visto en espejos, en calles, en hospitales, en fotografías que ya