El restaurante cerraba tarde, pero esa noche estaba lleno por una cena privada de empresarios. La camarera sirvió en silencio, escuchando insultos disfrazados de bromas.
Uno de los clientes, un hombre poderoso y cruel, la llamó varias veces solo para humillarla.
—Sonríe. Los pobres se ven mejor cuando agradecen.
Ella mantuvo la calma.
—¿Desea algo más, señor?
Él arrojó una servilleta al suelo.
—Sí. Recógela.
La camarera se inclinó, pero antes de que pudiera hacerlo, él derramó vino sobre su uniforme y la golpeó.
—Por torpe.
El salón quedó mudo.
De pronto, la puerta privada se abrió. Entró el dueño del restaurante, seguido por dos abogados.
Al ver a la mujer, su expresión se rompió.
—Amor…
El cliente frunció el ceño.
—¿Amor?
El dueño tomó el rostro de la camarera con cuidado.
—Ella es mi esposa.
La mujer, con lágrimas contenidas, miró al cliente.
—Gracias por mostrarme exactamente quién debía ser expulsado para siempre.