
¿ENTERRADA VIVA? – PARTE 2 🥀🎬
El viento aullaba entre las lápidas, pero el sonido más fuerte en aquel cementerio era el latido acelerado del corazón del padre, Esteban. Las palabras del niño, “¡Está en coma!”, se repetían en su cabeza como un martillo. La madrastra, Elena, intentó retroceder lentamente hacia el coche, con el rostro blanco como el papel, mientras su mano apretaba el paraguas con tanta fuerza que los nudillos le ardían.
—”¡Es un niño perturbado, Esteban! ¡No escuches sus mentiras!”— gritó Elena, pero su voz, usualmente firme, se quebró en un sollozo histérico.
Esteban no la escuchó. Su mirada estaba fija en el niño, quien, a pesar de estar empapado y temblando, no apartaba los ojos del ataúd. Sin decir una palabra más, Esteban soltó las cuerdas que sostenían la caja y, con un rugido de desesperación, comenzó a forcejear con la pesada tapa. Los enterradores intentaron intervenir, pero la furia de un padre que sospecha haber perdido a su hija es una fuerza de la naturaleza.
El sonido de la madera astillándose resonó bajo la tormenta. Cuando la tapa finalmente cedió, el mundo de Esteban se detuvo. Dentro del ataúd, el rostro de su hija, Sofía, estaba pálido, casi translúcido. Él puso una mano temblorosa sobre su cuello, conteniendo el aliento, rezando por sentir aunque fuera un roce de calor.
Por un segundo, no hubo nada. Luego, un suspiro casi imperceptible, un débil movimiento en el pecho de la joven, confirmó el milagro.
—”¡Está viva! ¡Llamen a una ambulancia, ahora mismo!”— gritó Esteban, girándose hacia los invitados con ojos inyectados en sangre. Su mirada se posó entonces sobre Elena, quien ya estaba en la puerta de su vehículo.
En ese instante, la policía, que había sido alertada por el mismo niño momentos antes de llegar al cementerio, bloqueó el camino del coche. Elena fue rodeada, su plan perfecto desmoronándose ante sus pies como la tierra mojada del sepulcro.
Sofía fue rescatada del ataúd y cubierta con el abrigo de su padre. Aunque estaba débil, sus ojos se abrieron lentamente, buscando la única presencia que le importaba. Mientras la ambulancia llegaba con sus sirenas desgarrando el silencio de la noche, Esteban no dejó de mirar a la mujer que había jurado proteger su vida, y que ahora era el monstruo que intentó robársela.
—”Tu ambición no tiene límites, Elena” —dijo Esteban con una voz que ya no conocía el perdón—. “Pero hoy, el infierno al que quisiste enviarla es el lugar al que tú vas a ir.”
La tormenta comenzaba a amainar, pero para la familia, el huracán de la verdad apenas empezaba a mostrar su fuerza. La hija había regresado de la muerte, y con ella, el inicio de una justicia que no tendría piedad.
La codicia ciega el alma hasta hacernos cometer actos imperdonables, pero la luz de la verdad siempre encuentra una rendija por donde escapar, incluso desde el fondo de una tumba.