
Las calles elegantes de Beverly Hills parecían pertenecer a otro mundo. Los escaparates brillaban bajo el sol de la tarde, los automóviles de lujo desfilaban lentamente por el boulevard y las personas caminaban con prisa, concentradas únicamente en sus propios asuntos.
En medio de aquella riqueza, casi nadie notaba a Luna Carter.
Con apenas quince años, llevaba meses viviendo en la calle. Dormía bajo un viejo puente o en la entrada de alguna tienda cerrada cuando la policía no la obligaba a marcharse. Su sudadera gris estaba desgastada, sus zapatillas apenas resistían y su pequeña bolsa de lona contenía toda su vida: una muda de ropa, una botella de agua y una fotografía vieja de su madre que llevaba siempre escondida.
Aquella tarde estaba sentada sobre un pedazo de cartón frente a una exclusiva boutique cuando un hombre cruzó rápidamente la acera.
Vestía un impecable traje negro.
Llevaba gafas oscuras.
Un elegante maletín de cuero.
Su presencia imponía respeto.
Era Adrian Blackwood, director ejecutivo de uno de los mayores grupos financieros del país.
No miró a Luna.
Ni siquiera pareció notar que estaba allí.
Pero mientras caminaba, una pequeña fotografía resbaló silenciosamente del bolsillo interior de su abrigo y cayó junto a los pies de la muchacha.
Luna la recogió por simple instinto.
Sacudió cuidadosamente el polvo.
Entonces su respiración se detuvo.
La mujer que aparecía sonriendo en aquella fotografía era exactamente igual a la única persona que ella había amado toda su vida.
Su madre.
Luna se levantó de un salto.
—¡Señor!
Adrian se detuvo con evidente molestia y giró apenas la cabeza.
La muchacha corrió unos pasos sosteniendo la fotografía con manos temblorosas.
—¿Por qué tienes una foto de mi mamá?
El empresario sintió un extraño escalofrío.
Se acercó lentamente.
Miró la fotografía.
Después observó el rostro de Luna.
Algo dentro de él comenzó a romperse.
—¿Qué acabas de decir?
Luna señaló la imagen con el dedo.
—Esa es mi mamá.