
Don Manuel se detuvo. La espátula quedó congelada sobre la carne humeante mientras observaba al niño.
Vio los ojos hundidos de Andrés, sus mejillas pálidas y la desesperación absoluta en su mirada infantil.
Muchos lo habrían echado, pensando que ahuyentaría a los clientes de saco y corbata que pasaban por la avenida.
Pero Don Manuel no vio a un mendigo. Vio a un niño que podría haber sido su propio hijo.
Sin decir una palabra al principio, el vendedor tomó una tortilla doble, la pasó por la plancha y la llenó generosamente.