CAPÍTULO 2: LA BURLA DE LA PERFECCIÓN. xx

CAPÍTULO 2: LA BURLA DE LA PERFECCIÓN
Mis músculos ardían tras doce horas de pie.
Mi columna vertebral suplicaba piedad.
En ese momento, un hombre en un esmoquin de diseñador se acercó. Era Don Santiago, un aristócrata cuya arrogancia solo era superada por su cuenta bancaria.
A su lado caminaba Isabella, una mujer envuelta en diamantes que la hacían parecer un candelabro andante.
Él extendió la mano y tomó la última copa de champán de mi bandeja.
No me miró.
No parpadeó.
Para él, yo no era más que una mesa de carne y hueso, un objeto inanimado colocado estratégicamente para su absoluto confort.
Santiago agitó ligeramente la copa y se giró hacia la mujer, esbozando una sonrisa cargada de superioridad.
“Una noche hermosa, ¿no te parece?” dijo, con una voz gruesa y satisfecha.
Isabella inclinó su cuello de cisne, sonriendo con una debilidad fingida.
“Perfecta. Nada, absolutamente ninguna basura, podría arruinarla.”
Y se rieron.
Justo en mi cara.
Como si el delantal manchado y el sudor frío que corría por mi espalda fueran la encarnación misma de esa “basura” que ella acababa de mencionar.
Me mordí el interior de la mejilla hasta saborear la sangre.
No dije ni una sola palabra.
Pero la bandeja dorada… tembló.
Solo una vez.
Casi imperceptible.
Pero fue suficiente para revelar el infierno que estaba tratando de ocultar: un agotamiento demoledor, una humillación que me quemaba las entrañas, y la lucha titánica que estaba librando para no romper a llorar frente a ellos.
Estaba a punto de colapsar.
Hasta que…
CAPÍTULO 3: EL HOMBRE DE NEGRO
¡BAM!
Las gigantescas puertas de roble del salón se abrieron con una violencia que hizo crujir los goznes.
El sonido destrozó la música clásica como un hacha cortando la seda.
Cientos de cabezas coronadas con joyas se giraron al unísono.
Un hombre entró.
No llevaba frac ni lentejuelas. Vestía el impecable y oscuro uniforme de la guardia de élite.
Sus pasos devoraban el mármol. Rápidos. Implacables.
Sin reverencias.
Sin un gramo de vacilación.
Sus ojos letales barrieron a las personas más ricas y poderosas del país.
Y entonces… se clavaron en una sola persona.
En mí.
En la patética sirvienta de gris.
Cruzó el vasto salón como si el resto de los presentes fueran fantasmas irrelevantes. Partió el mar de aristócratas sin pedir permiso.
Y se detuvo.
Justo a centímetros de mis zapatos desgastados.
No había confusión en su rudo rostro.
No había rastro de burla.
Solo una urgencia desesperada… y un respeto absoluto que me heló la sangre.
CAPÍTULO 4: LA CORONA RECUPERADA
Mi respiración se cortó.
Levanté la mirada de golpe, con el corazón golpeando salvajemente contra mis costillas.
“¿Señor…?” balbuceé, la voz atrapada en mi garganta.
El hombre no respondió. En su lugar, inclinó la cabeza lentamente en una reverencia que solo se le otorga a los dioses.
“Su Alteza.”
La pesada bandeja casi se me resbala de los dedos.
“¿Qué… qué acaba de decir…?” susurré.
La pareja que estaba a mi lado, Santiago e Isabella, enmudeció por completo.
Sus sonrisas crueles desaparecieron como si las hubieran arrancado.
“¿Qué es esto?” preguntó Isabella, su tono de voz cambiando drásticamente, perdiendo toda su elegancia.
Santiago frunció el ceño, dando un paso adelante con una indignación evidente.
“¡Oiga! ¿De qué demonios está hablando con esta empleada?”
Pero el hombre de negro jamás desvió sus ojos de mí. Ignoró los ladridos del millonario.
Su voz se mantuvo inquebrantable.
Sólida.
Definitiva.
“Dije…”
Hizo una pequeña pausa.
La sala entera contuvo la respiración. El silencio era tan tenso que parecía a punto de estallar.
Y entonces, pronunció el nombre que fracturó la historia de esta nación:
“PRINCESA ELENA.”
Me quedé petrificada. Como una estatua de hielo.
Isabella dio un torpe paso hacia atrás, tropezando con sus propios tacones como si alguien la hubiera golpeado en el estómago.
El arrogante Santiago perdió todo el color de su rostro, transformándose en un fantasma.
Y la bandeja, en mis manos ahora incontrolablemente temblorosas, dio un pequeño y metálico traqueteo.
Mi tiempo en las sombras había terminado. Y ahora, los que me pisotearon iban a conocer mi verdadero rostro.

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