—¡¿DE DÓNDE SACASTE ESE ARETE?!
La voz resonó en la habitación como un cristal rompiéndose. La cámara giró violentamente… enfocando a la sirvienta. Congelada. Descalza. Indefensa.
La mujer mayor ya se había abalanzado sobre ella, tomándola fuertemente de los hombros, tensando la tela bajo sus dedos.
—Yo… yo no sé… —la voz de la sirvienta temblaba, apenas conteniendo el llanto.
—¡Solo existen DOS iguales a ese!
El silencio cayó al instante. Pesado. Antinatural. La cámara se acercó más… y más… hasta que sus rostros llenaron la pantalla por completo.
—La monja… ella dijo que es lo único que me dejaron mis padres…
Algo cambió. El agarre de la mujer mayor se aflojó. Su expresión se desencajó… ya no era ira. Era reconocimiento.
Retrocedió. Despacio. Como si la habitación se hubiera movido bajo sus pies. De repente, se giró y corrió hacia el tocador. Los cajones se abrieron de golpe; una caja de terciopelo se abrió con un chasquido seco.
Adentro había otro arete de esmeralda. Idéntico. Perfecto.
La cámara alternó entre ambos: la luz verde se reflejaba en las dos piezas, como dos mitades de una misma verdad.
La sirvienta ahogó un grito.
—…Eso es imposible… —la voz de la mujer mayor era apenas un susurro ahora.
Le temblaban las manos mientras levantaba el segundo arete, sosteniéndolo al lado del primero. El ambiente se tensó. La sirvienta se inclinó más cerca, con los ojos clavados en algo pequeño… oculto.
—…La fecha…
La cámara hizo un acercamiento extremo: un diminuto grabado tallado en el oro. El mismo. Exactamente el mismo.
A la joven se le cortó la respiración.
—La monja me dijo… que si alguna vez encontraba el segundo…
La habitación se sentía más pequeña ahora. Más fría. La mujer mayor no se movía. No podía.
La sirvienta levantó la vista, con los ojos muy abiertos y la voz casi inaudible:
—…Preguntara quién está sepultado en la tumba de mi madre.
Las palabras cayeron… y todo se hizo añicos en el silencio.
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