PARTE 2
Alexandre dejó lentamente el bolígrafo sobre el escritorio.
—¿Qué quieres decir con que tu mamá no pudo venir? —preguntó con una voz mucho más suave.
Lina bajó la mirada y apretó con fuerza el trapo que llevaba entre las manos.
—Anoche se desmayó… Tiene mucha fiebre. Quiso levantarse para venir, pero no podía caminar. Me dijo que hoy perdería el trabajo si nadie limpiaba su piso.
La niña hizo una pequeña pausa antes de añadir con total inocencia:
—Así que yo vine. Mamá siempre dice que las promesas se cumplen.
El despacho quedó en silencio.
Alexandre sintió un nudo en la garganta.
Cinco años.
Solo tenía cinco años y ya cargaba con una responsabilidad que ni siquiera muchos adultos soportaban.
—¿Y cómo llegaste hasta aquí? —preguntó.
—En autobús.
—¿Viniste sola?
Lina asintió.
—Conozco el camino. A veces acompaño a mamá cuando no tengo jardín.
Aquella respuesta le heló la sangre.
Pensó en los peligros de la ciudad, en el tráfico, en cualquier desconocido que hubiera podido cruzarse con aquella niña durante el trayecto.
Respiró hondo.
Luego llamó inmediatamente a Recursos Humanos.
—Quiero el expediente de Sofía. Ahora mismo.
Menos de diez minutos después, la responsable del departamento entró en la oficina.
—Señor Delorme… Sofía lleva ocho años trabajando aquí. Nunca ha llegado tarde. Nunca ha faltado… hasta hoy.
Alexandre frunció el ceño.
—¿Y cuánto gana?
Cuando escuchó la cifra, no pudo ocultar su incredulidad.
Era un salario tan bajo que apenas alcanzaba para pagar un pequeño apartamento y la comida del mes.
—¿Tiene familia?
—Es madre soltera. Su esposo falleció hace cuatro años. Desde entonces cría sola a Lina.
Alexandre volvió la mirada hacia la pequeña, que seguía esperando de pie, convencida de que todavía debía limpiar la oficina.
—¿Puedo empezar ya? —preguntó con una sonrisa tímida—. Prometo hacerlo muy bien.
Aquellas palabras rompieron algo dentro de él.
Durante años había hablado de productividad, eficiencia y resultados.
Pero nunca se había detenido a conocer la vida de las personas que hacían posible que aquella empresa funcionara cada mañana.
Se levantó de su silla.
Se acercó a Lina y se arrodilló para quedar a su altura.
—No, pequeña.
Ella lo miró confundida.
—Hoy no vas a trabajar.
—¿Entonces… mamá perderá su empleo?
Alexandre negó despacio con la cabeza.
—No. Te doy mi palabra.
Tomó su teléfono y marcó otro número.
—Preparen el coche. Vamos al hospital.
Y mientras Lina sonreía por primera vez desde que había entrado al edificio, Alexandre comprendió que aquella mañana no iba a cambiar la vida de una empleada.
Iba a cambiar la suya para siempre.
Continuará…