Un reencuentro clandestino revela una red de espionaje y la violenta desaparición de una madre que obliga a un pacto con el enemigo.
La mujer de la oficina estatal ya se encontraba esperándome en el punto de encuentro acordado previamente.
Al pronunciar mi nombre, Julián Saldaña, me limité a asentar con la cabeza en señal de confirmación.
Ella vestía ropas civiles ordinarias, pero mantenía la postura rígida y disciplinada de alguien entrenado estrictamente para el mando.
Se presentó formalmente como Patricia Robles, una agente especial del servicio de inteligencia federal.

Me mostró su credencial oficial durante un breve segundo e inmediatamente me hizo una seña para que la siguiera.
Advirtió en voz baja que aquel sector no era seguro para hablar debido a que nos encontrábamos bajo vigilancia constante.
Caminamos en silencio a través de interminables filas de almacenes metálicos hasta llegar a la bodega número diecisiete.
La agente Robles me ordenó que abriera la pesada puerta trasera del lote industrial utilizando mi propia llave.
El viejo mecanismo de la cerradura cedió con un crujido y procedí a levantar la cortina metálica del lugar.
En el interior de la penumbra se encontraba mi padre, vivo, sentado en una modesta silla plegable de lona.
Se veía considerablemente más delgado y visiblemente más cansado, pero sus rasgos físicos resultaban completamente inconfundibles para mí.
Afirmó con voz firme que yo había tomado la decisión correcta al acudir a la cita secreta de esa tarde.
Acto seguido, me reveló que la organización criminal había ordenado investigar minuciosamente a toda nuestra familia.
En la pared del fondo estaban colgadas varias fotografías recientes de nuestros seres queridos en sus actividades diarias.
Reconocí la imagen de Ximena el día de nuestra boda y las fotos de mis hijos, Sofi y Nico, saliendo del colegio.
Incluso había un registro de mi madre asistiendo a la tradicional misa dominical en la parroquia del barrio.
Sentí una profunda náusea al comprender el nivel de vulnerabilidad al que estábamos expuestos todos nosotros.
Mi padre explicó que fingir su propia muerte colectiva fue la única alternativa para intentar desvincularnos del crimen organizado.
En ese mismo instante de pánico, saqué mi teléfono celular y llamé con urgencia a mi esposa Ximena.
Ella respondió a la llamada al segundo tono de la línea con una voz completamente tranquila y ajena al peligro.
Me informó que se encontraban en la casa de mis padres y que mi madre les había pedido prepararse para la cena.
La sangre se me congeló por completo en las venas al escuchar la ubicación exacta de mi esposa y mis hijos.
Le ordené de manera tajante que tomara a los niños y abandonara esa residencia de inmediato y sin hacer preguntas.
Le pedí que se dirigieran a un lugar público y concurrido mientras yo intentaba resolver la situación.
Un silencio pesado se apoderó de la línea telefónica antes de que ella manifestara el miedo que le provocaban mis palabras.
Patricia ya se encontraba revisando frenéticamente los últimos reportes en su radio de frecuencias y en su teléfono operativo.
Nos informó que dos hombres armados habían ingresado a la casa de mis padres hacía casi una hora.
Los intrusos buscaban recolectar información sobre mi paradero o capturar directamente a mi madre para presionar al grupo.
Al preguntarle desesperadamente por la ubicación de mi madre, mi padre se limitó a bajar la mirada en silencio.
“La interceptaron en el estacionamiento del cementerio y la tienen retenida en una localización desconocida”, declaró la agente con severidad.
Patricia miró su pantalla con una expresión tan seria y definitiva como una sentencia judicial irrevocable.
Añadió que si queríamos recuperarla con vida, tendríamos que entregarle a Cárdenas el objetivo que buscó durante veintiocho años.
Mi padre dio un paso al frente asumiendo el sacrificio definitivo que pondría fin a la persecución de su estirpe.
Fue en ese preciso segundo cuando comprendí que la verdadera pesadilla familiar apenas estaba por comenzar.