El sol poniente proyectaba un resplandor rojizo sobre una bulliciosa esquina. Entre la multitud apresurada, tres hombres se encontraban frente a frente a una vieja tienda.
Un hombre joven, vestido con un elegante abrigo marrón, sostenía un portapapeles y un bolígrafo. Miraba fijamente el papel, con un tono serio y a la vez de pesar.
Frente a él se encontraba un veterano anciano. Vestía un pulcro uniforme militar verde oliva, con la bandera estadounidense y una estrella plateada brillando bajo el sol en su hombro. Aunque su cabello era blanco y su rostro surcado por las arrugas del tiempo, su postura permanecía erguida y orgullosa. A sus pies, su gorra azul había caído al suelo, señal de que un viaje acababa de terminar.
Detrás de ellos, otro hombre corpulento observaba con una leve sonrisa en los labios, una sonrisa que parecía alentar, o quizás reconocer, al viejo soldado tras años de servicio.
La cámara se acercó lentamente al rostro del veterano. Sus ojos mostraron brevemente tristeza, pero rápidamente recuperaron la compostura. Frunció los labios y habló lentamente, con voz profunda y resonante:
Sus palabras resonaron como una firme afirmación. Para él, aunque los documentos o informes oficiales declararan el fin de una misión, el sentido de la responsabilidad, el valor y el honor de un soldado siempre arderían con fuerza, imborrables ante cualquier fuerza o el paso del tiempo.