
PARTE 1
—¿Quién te hizo esto, Mariana?
Daniel bajó apenas el cierre del vestido de novia y se quedó helado.
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La tela blanca, fina y bordada a mano, cayó unos centímetros por la espalda de su esposa. Lo que apareció debajo no tenía nada que ver con la felicidad de una boda: cicatrices viejas, delgadas como hilos plateados, y moretones recientes, morados, marcados sobre sus hombros como si alguien hubiera apretado con rabia una flor hasta destruirla.
Mariana no se movió.
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Seguía frente al espejo del hotel en Polanco, con el velo todavía prendido al peinado, los aretes brillando bajo la luz cálida y las manos temblando sobre el tocador. Abajo, en el salón, seguramente los invitados seguían tomando tequila caro, riendo y brindando por “la nueva familia”.
Y Mauricio Robles, su padrastro, debía estar presumiendo que por fin había entregado a “su niña”.
Como si Mariana alguna vez hubiera sido suya.
—Daniel, por favor —susurró ella—. Hoy no.
Daniel la miró en el espejo. Había visto miedo muchas veces en juzgados, oficinas y declaraciones. Pero nunca en los ojos de la mujer que acababa de prometerle una vida.
—Si me dices que no pregunte, ya sé la respuesta.
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Mariana cerró los ojos.
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Durante toda la boda, Mauricio Robles había jugado el papel del hombre generoso. Traje italiano, sonrisa de político, voz de dueño. Había pagado las flores, el mariachi, el banquete y hasta se había encargado de repetirlo en cada mesa.
—Mi Mariana está acostumbrada a cierto nivel, Daniel —le dijo frente a todos, apretándole el hombro con falsa ternura—. Ojalá puedas mantenerlo.
Los invitados rieron.
Mariana bajó la mirada.
Daniel también sonrió, pero no por vergüenza. Sonrió porque los hombres como Mauricio siempre confundían el silencio con ignorancia.
Mauricio era dueño de una de las constructoras más grandes de la Ciudad de México. Tenía contratos con alcaldías, fotos con gobernadores, donaciones a hospitales y placas con su nombre en fundaciones para niños. En las revistas lo llamaban filántropo. En los eventos, “don Mauricio”.